Parece que en el Vaticano la paciencia tiene un límite, y ese límite se llama Fraternidad San Pío X. La histórica disputa entre Roma y los sectores más ultra-tradicionalistas acaba de entrar en zona de guerra: el cardenal Víctor "Tucho" Fernández ya avisó que, si el grupo sigue adelante con la idea de nombrar obispos por su cuenta en julio, se acabó la diplomacia.
¿El pecado capital? La desobediencia jerárquica. Para la Iglesia, que un grupo ordene obispos sin el "OK" del Papa no es una diferencia de opinión, es un acto cismático. O sea, una ruptura formal que te deja afuera del club.
Un conflicto que huele a naftalina (pero quema)
El centro del ring es el poder. Los seguidores del fallecido Marcel Lefebvre —aquel arzobispo que ya en el '88 desafió a Juan Pablo II— sostienen que las reformas modernas del Concilio Vaticano II arruinaron a la Iglesia. Ellos quieren volver a la misa de espaldas, al latín y a una estructura pre-moderna. El problema es que, en su afán de "salvar la tradición", están a un paso de quedar fuera de la comunión legal.

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Negociaciones fallidas y fantasmas del pasado
Hubo intentos de paz. "Tucho" Fernández se sentó con el líder de la Fraternidad, Davide Pagliarani, ofreciendo diálogo a cambio de frenar las ordenaciones. ¿La respuesta? Un "no" rotundo. Los tradicionalistas dicen que es una "necesidad espiritual"; en Roma lo leen como un golpe de Estado teológico.
No podemos olvidar que este grupo ya le trajo dolores de cabeza épicos al Vaticano. ¿Te acordás del escándalo de 2009? Cuando Benedicto XVI intentó acercarlos, saltó que uno de sus obispos, Richard Williamson (que vivía acá en Argentina, en La Reja), era un negacionista del Holocausto. Un "regalito" que casi le cuesta el prestigio a Ratzinger.
¿Qué sigue ahora?
Si el 1° de julio se concretan las consagraciones sin el mandato de León XIV, la excomunión será automática. Estamos ante un capítulo repetido, pero con actores más cansados. Mientras el Papa reza para que "vuelvan sobre sus pasos", los lefebvristas parecen estar preparando las valijas para un exilio espiritual definitivo. La grieta, al final, también llega al cielo.



